Cuando era mas chico
solía contar los meses, semanas,
días y hasta horas que faltaban para llegar a mi nuevo cumpleaños, era el
día mas feliz del año, pues me
sentía especialmente amado, agasajado y especial, mi egocentrismo se alimentaba desde la hora de levantarme hasta acostarme, ya que todos: padres, hermanos, primos, amigos, vecinos se encargan de recordarme lo singular que somos.
Todo era alegría y festejos, nadie se cuestionaba la edad; con el paso del tiempo y cuando ya la juventud parece desvanecerse ya cumplir años no siempre es felicidad.
Muchos van a decir que esto parece esta

r en relación a la aceptación o no del paso inexorable del cronometro y el temor que esto nos produce,
evidentemente, en relación a la muerte y al envejecer; para mi va mas
allá y no es que este
sobrevalorando la juventud, sino las vivencias, estos treinta años, que cumplo (los cuales me niego a escribir en
números) son la
proclamación de que se acabaron los
veintitantos, que ya se debe asumir mas responsabilidades, que ya soy un Hombre, que ya el soñar no tiene espacio, que el futuro es ahora, ya debe estar construirlo porque es tiempo de cosecha y no de siembra; esta fecha me
cayó entre la media noche y el canto de gallo, sin estar preparado, no tengo familia (hijos), no tengo empleo (soy residente de postgrado), no conozco la mitad del mundo, soy un perfecto DON NADIE, pero con edad suficiente para ser alguien, por lo que este año no me alegro, no festejo, no quiero compartir, solo quiero aislarme y reflexionar, reconstruir mis pedazos que se derrumbaron por el fuerte golpe que le dio el
indignante vuelta alrededor del sol... No estoy para nadie...